de Julia Grecia Monge.
Publicado en dramaturgiarteyreflexion.blogspot.com.
Esta vez me esbozaré poco más carnal para narrar de alguna manera el día en que un trío se me propuso en frente. Esta historia está cargada de algunos nombres… así que atentos todos.
Érase un 14 de febrero (día de los enamorados diría alguno, aunque para mí festejarlo resulta un insulto a mi inteligencia, un quiebre frente a la posición que tengo ante un sistema tan mercantilista como el nuestro). En fin, ese día tenía planes: por la mañana clases de dramaturgia, almorzar sola o con mi maestro, visita a la casa museo y revisión de libros de Mariátegui y ahí aprovechar en escribir una crítica teatral sobre la nueva obra de Adrianzen “Sangre como flores” (en la que el autor hace referencia la vida de Lorca), trabajo que debía entregar en mi curso de la noche.
En pocas palabras tendría una tarde romántica en la biblioteca, programada entre dos notables personajes como Don Juan Croniqueur y el joven Gracía L., que reemplazarían la clásica estrategia de hablarme al oído, por la húmeda sensación que por los ojos debía yo captar en sus escritos.
Fue un sórdido y salpicante trío cargado de las múltiples comas criminales que hallé en la editorial Amauta de “Escritos juveniles” (1991), aquellos que compilan en parte las crónicas teatrales firmadas por Croniqueur y sus hermanos Jack, J. C., El joven H, Sigifrido, X y Z… esos que en su conjunto representan los seudónimos empleados en la “Edad de piedra” de Mariátegui, como él mismo titularía a su etapa inicial; aquella que lo muestra poeta y afrancesado, literato con agudeza crítica todavía cruda de la ideología socialista fuertemente marcada que mostrarían posteriormente sus tan conocidos ensayos.
Por otro lado, Lorca se alejaba de mí por momentos para refugiarse tibio en mi bolso hasta que el hermano mayor de Sigifrido y yo terminásemos.
Con él en cambio la cosa fue fácil, aunque no tanto al principio. Lo conocía un poco más y sabía cómo abordarlo. Me causó extrañez que siendo yo mujer se dejara al menos rozar por mi tinta, logrando acariciarlo con letras regulares. Pero al intentar desnudarlo en el papel procuré que entendiera que no lo hacía esperando a un hombre para criticar, sino que quería sin el menor pudor descubrir a un ser humano delicioso…
Sabía que se resistiría a introducirse en mí, en esos pensamientos que deseaban con ansia resolver sus enigmas a través de su poesía y dramaturgia. Debí actuar rápido para no perderlo en el ruedo. Croniqueur me ayudó recordándome con las cartas escritas a su Ruth, que todos tenemos un lado individualista y de escasa humildad; me insinuaba con ello que podíamos empezar por la cumbre de su teatro. De inmediato, se me vino a la mente Bernarda Alba…
Creo que fue demasiado. Se me puso muy sensible y estuvo a punto de cerrar el libro tras de sí; pero resultó que en cambio decidió soltar la lengua y recordar a esa sociedad modosa, castrante e hipócrita que el personaje de Bernarda le representa, aquella que lo condenaba por amar como él lo hacía.
Luego de reiterar mi admiración por sus escritos noté que un ligero dolor de estómago me detenía diciendo que necesitaba combustible. Efectivamente, no había almorzado. Mi clase de dramaturgia se había extendido hasta la 1pm. , momento en que aproveché recién en desayunar, acompañada por mi maestro. Y ahora eran ya las 6pm. , en cincuenta minutos empezaría mi clase de crítica literaria con Sara Joffré, y aún me encontraba entretenida con los escritos de tan notables y jóvenes caballeros como don García y Croniqueur.
Santa Clara, 2011
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