de Julia Grecia Monge
Monólogo.
Un espacio personal. En tercer plano, un montículo de objetos entre los cuales se
distinguen libros, floreros resquebrajados, una enorme maleta, una bicicleta pequeña,
una mesa, y dos bancas de comedor. Una mujer de aproximadamente treinta y pocos
años en escena. Viste algo desalineada, un vestido con lazo que le da un toque
de infantil apariencia. Se encuentra
atada a cuatro elementos en particular: un sombrero de varón, un vestido de
niña, una escobilla de ropa o quizás de baño personal, y una banca. Se
halla limpiando ésta última. Encuentra una araña.
¡Shuu! (sigue limpiando) cómo ¿no?, tal vez la
araña tenga familia. (Observando la banca) ¡Ay! esta mancha. (Se esfuerza. Al ver
que no sale, deja el objeto con el que estaba limpiando por un momento;
reparando en la araña) Ahí sigue. La otra vez, había una que iba a su agujero y quedó con algo de cuerpo hacia
afuera al principio; hasta que percibió peligro e ingresó por completo a protegerse.
Como diciendo: “lero lero ya estoy en casa...aquí estaré mejor” (Pensativa) ¿todos
podremos decir lo mismo? (Se detiene a observarla de cerca. Se saca un zapato,
y la persigue, dando golpes hasta que la pierde de vista. Poco después, enojada,
como asociando el evento de la araña con la mancha en la banca, continúa
limpiando) Mancha de porquería. (Refriega enérgica) ¡Ah! Pero ni creas que me
ganas (suelta el trapo. Atrae de uno de los cintos, la escobilla; empleándola duramente hacia el objeto, dañándose la mano.
Dirigiéndose siempre a la banca) ¿y ahora
pretendes empujarme? ¿Desde cuándo me agredes tanto? Ya sé que estás
harta de mí…también yo. Y deja de mirarme así, pareces otra.
(Preocupada, a la banca)¡Tu color! ¡Estás pálida!
¡Si dejaras que te saque esa mancha!…pero no, eres una terca. ¡Me hierve la sangre que aún la lleves! No te das cuenta
que nadie sabe que existe… Y además, tener
una mancha no hace más que debilitarte. ¿Ya ves el color que tienes? De tanto refregar
empieza a desaparecer todo lo que eras.
(La contempla largamente) ¿Qué deseas? ¿Cómo
te limpio? (para sí) Te traje hasta este nuevo lugar ¡ya deberías sentirte
mejor! Antes de… el accidente podrías
haber sido una banca cualquiera, en la que podía sentarme a tomar cocoa tibia
por las tardes. (Dirigiéndose al montículo de objetos) Pero no, todos me miran
esperando que los ayude; y ahora también tú (desesperada) ¡pero cómo! Ya suavicé la
madera, la sacudí, la lijé, la volví a pintar, la barnicé…la pinté de carmesí,
de sombras y perfumes… la barnicé la lijé, la soplé, la pinté, la soplé, la
volví a pintar, la… la soplé (empieza a soplar). Tal vez si lo hago más fuerte
la mancha se vaya. (Sopla intensamente a
la banca como pretendiendo sacar la mancha con el aire emanado. Poco a poco, el
acto se convierte en una respiración placentera que empieza a explorar,
tranquilizándose)
Cuando olvido que existes... ¡ya sé! Espera
aquí. (Busca con la dificultad que le confiere estar atada, en el tumulto de
cosas) Aquí está. Pero me han dicho siempre que debo emplearla con cuidado. (Se
coloca unos guantes para hacer limpieza. Saca una botella de licor barato,
oloroso) Si te irrita es culpa tuya, los guantes no hacen más que proteger mis
manos. Dicen que algunos lo usan para curar penas del corazón; otros dicen que
es esto como veneno que te atrapa para siempre, limpiando las cosas más
terribles con el deceso. Y otros dicen
que hace a la garganta irritar.
(Fragmento)
Santa Clara, 2009
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